Hay una escena que se repite muchísimo en clase.
Un alumno mira un ejercicio y dice:
“No lo entiendo.”
Se lo explicas una vez.
Sigue sin verlo.
Cambias el ejemplo.
Utilizas un dibujo.
Le pones una situación más cercana.
Y de repente responde:
“¡Ahhh! Ahora sí.”
Ese momento dice mucho sobre cómo aprendemos.
Porque muchas veces el problema no es que un alumno no pueda entender algo.
Simplemente todavía no se lo han explicado de la manera que necesita.
Una explicación no funciona igual para todos
En una clase puede haber varios alumnos escuchando exactamente la misma explicación.
Uno lo entiende a la primera.
Otro necesita verlo resuelto paso a paso.
Otro necesita practicar tres ejercicios.
Y otro necesita que alguien lo relacione con algo que ya conoce.
Eso no significa que unos sean inteligentes y otros no.
Significa que cada alumno llega con conocimientos previos, ritmos y formas de procesar la información diferentes.
Por eso enseñar no consiste únicamente en saber una materia.
También consiste en saber cómo hacer que otra persona consiga entenderla.
Repetir exactamente lo mismo no siempre sirve
Cuando un alumno no entiende algo, muchas veces hacemos esto:
lo explicamos otra vez.
Pero prácticamente con las mismas palabras.
Y si continúa sin entenderlo, volvemos a repetirlo.
Más despacio.
Más alto.
Con más paciencia.
Pero igual.
A veces lo que necesita no es escuchar la misma explicación cuatro veces.
Necesita otra explicación.
Un ejemplo diferente.
Un dibujo.
Un esquema.
Una comparación.
Un ejercicio más sencillo antes de llegar al complicado.
Cambiar el camino puede ser mucho más efectivo que insistir una y otra vez en el mismo.
Los errores también nos dicen cómo está pensando
Un ejercicio mal hecho no es solamente un ejercicio incorrecto.
También nos da información.
Nos permite descubrir dónde se ha perdido el alumno.
Quizá entiende el procedimiento, pero falla en una operación.
Quizá domina una parte del tema, pero ha confundido dos conceptos.
Quizá sabe hacerlo cuando alguien le guía, pero todavía no es capaz de comenzar solo.
Observar el error nos permite trabajar justo donde aparece la dificultad.
Por eso corregir no debería consistir únicamente en poner una cruz roja y escribir la respuesta correcta.
Lo importante es descubrir:
¿Por qué ha llegado a esa respuesta?
Hay alumnos que necesitan ver antes de hacer
Otros necesitan hacer para entender.
Algunos necesitan escuchar la explicación.
Otros necesitan escribirla.
Y muchos necesitan combinar varias cosas.
Por eso puede ser útil utilizar recursos diferentes en clase: ejemplos visuales, esquemas, ejercicios prácticos, preguntas, explicaciones orales o situaciones reales.
No porque exista una única “forma de aprendizaje” para cada persona, sino porque trabajar un mismo concepto de varias maneras ayuda a comprenderlo mejor.
Entender algo cambia también la actitud
Hay algo que vemos muchísimo.
Un alumno puede decir durante semanas:
“Las Matemáticas son horribles.”
Pero un día empieza a entenderlas.
Consigue resolver varios ejercicios.
Después aprueba un examen.
Y de repente ya no parecen tan horribles.
Curiosamente, cuando algo deja de parecernos imposible, también deja de desagradarnos tanto.
Por eso recuperar pequeñas sensaciones de éxito es importante.
El alumno necesita comprobar que puede avanzar.
El ritmo también importa
No todos necesitan el mismo tiempo.
Y eso es especialmente evidente cuando trabajamos con grupos pequeños.
A veces basta con detenerse cinco minutos en una duda concreta para que todo lo que viene después empiece a encajar.
En una clase grande eso no siempre es fácil.
Por eso el apoyo escolar puede servir también para dar al alumno ese espacio extra que necesita para preguntar, equivocarse, repetir y volver a intentarlo.
Sin la presión de tener que entenderlo exactamente al mismo ritmo que los demás.
Explicar bien también es conocer al alumno
Con el tiempo, un profesor empieza a saber perfectamente qué necesita cada alumno.
“Con este, mejor empezamos con un ejemplo.”
“Esta necesita escribirlo.”
“A este no le des la solución: hazle preguntas hasta que llegue él.”
Y esa parte de la enseñanza nos encanta.
Porque llega un momento en el que ya no enseñamos únicamente una asignatura.
Enseñamos a una persona concreta.
En Academia Arquimedianos trabajamos con grupos reducidos precisamente porque nos permite observar mejor cómo aprende cada alumno, detectar dónde aparece la dificultad y buscar otra manera cuando la primera explicación no funciona.
Porque decir “no lo entiendo” no debería ser el final de una explicación.
Muchas veces solo significa:
“Explícamelo de otra forma.”
Y cuando encontramos esa forma, aparece una de las mejores frases que puede escuchar un profesor:
“Ahora sí lo entiendo
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