Todos recordamos algún profesor.
Y curiosamente, muchas veces no recordamos exactamente qué tema nos explicó, qué página del libro tocaba aquel día o qué nota sacamos en aquel examen.
Recordamos otra cosa.
Recordamos cómo nos hacía sentir.
Aquel profesor que consiguió que una asignatura que parecía imposible empezara a tener sentido.
La profesora que tuvo paciencia cuando necesitábamos que nos explicaran algo una vez más.
La persona que nos dijo:
“Tú puedes hacerlo.”
Y, por alguna razón, empezamos a creer que quizá era verdad.
Enseñar es mucho más que explicar contenidos
Saber Matemáticas, Lengua, Inglés o Física es importante.
Pero saber transmitirlas es otra cosa.
Un buen profesor no solo conoce la materia.
También sabe observar.
Detecta cuándo un alumno está perdido aunque no levante la mano.
Sabe cuándo necesita otra explicación.
Cuándo necesita practicar.
Cuándo necesita que le exijan un poco más.
Y cuándo simplemente necesita escuchar:
“No pasa nada, vamos a intentarlo otra vez.”
Porque dos alumnos pueden estar sentados en la misma clase y necesitar cosas completamente diferentes.
Hay alumnos que llegan convencidos de que “no valen”
“Yo soy malísimo en Matemáticas.”
“El Inglés nunca se me ha dado bien.”
“Lengua no la entiendo.”
A veces esas frases aparecen después de meses o incluso años acumulando dificultades.
El alumno deja de pensar que hay algo que todavía no sabe hacer y empieza a pensar que el problema es él.
Y ahí el profesor puede tener un papel enorme.
Porque cuando alguien consigue explicarle aquello que parecía imposible y el alumno finalmente dice:
“Ah… ahora sí lo entiendo.”
pasa algo mucho más importante que resolver un ejercicio.
Empieza a recuperar confianza.
Los pequeños avances también cuentan
En educación estamos acostumbrados a hablar de notas.
Un 4.
Un 6.
Un 8.
Un sobresaliente.
Pero hay progresos que no aparecen en ningún boletín.
El alumno que por primera vez pregunta una duda.
El que antes no hacía los ejercicios y empieza a intentarlos.
El que deja de decir “no puedo”.
El que empieza a organizar solo su mochila.
El que levanta la mano en clase.
El que pasa de necesitar ayuda constantemente a resolver un ejercicio por sí mismo.
Esos pequeños cambios pueden parecer insignificantes.
Pero muchas veces son el comienzo de algo mucho más grande.
Un profesor también aprende de sus alumnos
Hay una parte preciosa de la enseñanza de la que se habla poco.
Los profesores enseñamos, sí.
Pero los alumnos también nos enseñan continuamente.
Nos obligan a buscar nuevas maneras de explicar.
A improvisar.
A tener paciencia.
A descubrir que una estrategia que funciona perfectamente con un alumno puede no servir absolutamente para nada con otro.
Y eso hace que ningún curso sea exactamente igual al anterior.
Cada grupo es diferente.
Cada alumno es diferente.
Y probablemente por eso enseñar nunca termina de convertirse en una rutina.
A veces una frase permanece durante años
Los niños y adolescentes quizá olviden muchos de los contenidos que estudiaron.
Pero algunas frases permanecen.
Una felicitación inesperada.
Una conversación después de clase.
Un profesor que confió en ellos cuando todavía no confiaban demasiado en sí mismos.
Por eso debemos tener cuidado también con nuestras palabras.
Porque un comentario que para un adulto dura unos segundos puede quedarse mucho tiempo en la cabeza de un alumno.
Para bien.
Y también para mal.
Educar es un trabajo compartido
Familias, colegios, institutos, academias y profesores tenemos papeles diferentes.
Pero el objetivo debería ser el mismo.
Ayudar a que los alumnos aprendan, evolucionen y poco a poco sean más autónomos.
No siempre estaremos de acuerdo en todo.
Y tampoco existe una única forma correcta de enseñar.
Pero cuando los adultos que rodean al alumno trabajan en la misma dirección, todo resulta mucho más sencillo.
Y quizá ahí esté lo más bonito de enseñar
A veces pasan años y un antiguo alumno vuelve.
Ya es mayor.
Está estudiando una carrera, trabajando o empezando una nueva etapa.
Y de repente dice:
“¿Te acuerdas de mí?”
Normalmente el profesor sí se acuerda.
Pero lo que quizá no sabía era que aquel alumno también se acordaba de él.
En Academia Arquimedianos vemos pasar muchos alumnos por nuestras aulas.
Algunos están con nosotros durante unos meses y otros durante muchos años.
Y evidentemente queremos que aprendan, mejoren sus resultados y superen esas asignaturas que se les resisten.
Pero hay algo que nos gusta todavía más.
Que cuando dentro de unos años recuerden su etapa con nosotros, recuerden que hubo profesores que confiaron en ellos, les ayudaron y celebraron cada pequeño avance.
Porque las notas importan.
Pero las personas que nos acompañan mientras aprendemos también dejan huella.
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